Texto de Edith Haeuser

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El jardín de L’Albarda, un jardín mediterráneo

Recuerdo cuando estuve por primera vez en la entrada del Jardín de l’Albarda, cerca de Dénia al norte de la Costa Blanca, mirando el largo camino pavimentado con baldosas de terracotta y una rica vegetación verde a cada lado: cipresses (Cupressus sempervirens) y un seto bajo de boj (Buxus sempervirens). Tras este seto crecen Acanthus mollis, Viburnum tinus, Pistacia lentiscus y Vinca minor que realza la sensación de haber entrado un jardín verde y paradisiaco, eco de los jardines de Al-Andalus. Desde aquella primera visita en 2005 he visitado este espléndido jardín muchas veces, sea para dar un paseo, para un curso ofrecido por Fundem sobre plantas autóctonas, plantas invasivas, o diseño con líneas llave, sea para un concierto, o simplemente para tomar un café y escuchar el murmullo del agua, elemento tan importante en este jardín. La palabra Albarda viene del árabe barda’a y quiere decir albarda, pero en valenciano quiere decir alforja. El jardín de l’Albarda se encuentra en una zona que la gente local llama Albardanera, una alusión a las dos colinas cercanas que parecen ser alforjas como utilizaban hasta hace poco los agricultores.

En abril pasado, cuando caminaba lentamente hacia la villa entre los cipreses de este camino ahora alternados con olivos (Olea europea), las ranas croaban en el estanque cercano del bosque mediterráneo que forma parte del jardín y los ruiseñores cantaban casi en competición. Me quedé un rato al lado de la villa con su atmósfera italiana, su fachada semicubierta por una parra virgen (Phartenocissus tricuspidata) que en otoño torna sus hojas rojo oscuro, casi congruente con el tono de la fachada. Los inmediatos alrededores de la villa están plantados de manera formal; cuatro cuadrados hecho con mirto italiano de hoja pequeña (Myrtus communis subsp.tarentina), y cada uno plantado con naranjos amargos (Citrus x aurantium), y el suelo cubierto de Geranium sanguineum o Vinca minor. Contrastando con el bosque mediterráneo hay en el fondo un granado bonito (Punica granatum) y dos palmeras canarias (Phoenix canariensis). Un elegante estanque rectangular acentúa el axis central de este simétrico diseño. Este lugar al norte de la villa era uno de mis sitios favoritos para sentarme un rato en días calurosos de verano escuchando el dulce murmullo del agua cayendo en el estanque, sentada entre dos grandes arbustos de laurel (Laurus nobilis).

Continué mi paseo, caminando junto a las macetas de piedra plantadas con pelargonium perfumados y bajo la pérgola cubierta con jazmín (Jasminum officinale) que termina en una escalera, entrada al bosque donde los caminos, más estrechos, son de pequeñas piedras irregulares. El bosque está plantado de Quercus faginea, típico de esta región de España, de carrascas (Quercus ilex), algunos alcornoques (Quercus suber) y almeces (Celtis australis) entre otros así como un rico sotobosque que incluye Viburnum tinus, Rhamnus alaternus, palmitos (Chamaerops humilis), Quercus coccifera, y Juniperus phoenicia.

Volví hacia la villa para ver el jardín morisco-valenciano que tiene detrás. Consiste en cuatro cuadrados enormes marcados con setos de boj y densamente plantados con naranjos. Los caminos separando los cuadrados forman una cruz característica de los jardines medievales de Al-Andalus y de jardines islámicos en general, simbolizando los cuatro ríos del paraíso (agua, vino, leche y miel). Esta forma viene de los jardines persas, donde la cruz simboliza las cuatro direcciones del viento y los cuatro elementos. Es la forma que en los jardines de los claustros representa la cruz de Dios. Al igual que en este jardín, muchas veces se encuentra una fuente en el cruce de los caminos.

En días calurosos es muy agradable caminar bajo la pérgola de jazmín flanqueada por un muro gigante tapizado por un mosaico de “trencadís”, interesante técnica típica valenciana y catalana, del fascinante color del lapislázuli y color favorito en los jardines medievales de Al-Andalus. Un banco refrescante en un nicho del muro invita al visitante a que haga una pausa y disfrute del perfume de azahares. Al otro lado del jardín morisco-valenciano hay otra pérgola preciosa cubierta de unos rosales trepadores de color rojo oscuro (Rosa ‘Maurice Chevalier’), mientras que la cúpula del centro está plantada con Wisteria floribunda. Al lado del muro de piedra natural que cierra esta parte del jardín al este se han plantado elegantes rosales de color casi blanco (R. ‘Clear Water’). Como en todas partes de l’Albarda los caminos se han fabricado con mucho cuidado; en esta pérgola las baldosas de terracota (hechos a mano en todo el jardín) están entremezcladas con pequeñísimas baldosas esmaltadas de color turquesa, el color de serenidad. En efecto, armonía y serenidad son los elementos esenciales de l’Albarda, con su abundancia de verde, sus simetrías y formas geométricas y el omnipresente murmullo del agua, que viene de alguna fuente y que recircula por el jardín con un sistema sofisticado de purificación natural.

En los primeros años el jardín se abría un sábado de cada mes para grupos guiados en inglés, alemán, francés o español con entrada gratuita. Ahora el jardín está abierto cada día del año desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde (precio de entrada: 5€; para miembros de Fundem gratuito), y atrae cada vez más visitantes. Enrique Montoliu, el presidente de la Fundación (Fundem) para la conservación de la flora y la fauna mediterránea, empezó a construir este jardín en 1990 en un terreno agrícola de 50 000 metros cuadrados dando al este. Quería crear un jardín sostenible y mantenido de manera orgánica con plantas mediterráneas, aparte de una colección magnífica de palmeras. Hizo el jardín también con la esperanza de que los visitantes de aquí se hicieran conscientes de la rica flora mediterránea, y se inspirasen para utilizar más plantas autóctonas y mediterráneas, y así utilizar mucha menos agua.

Cuando se decidió a abrir la Albarda diariamente, algunos propusieron a Enrique Montoliu que añadiese más colorido intenso al jardín porque a la gente le gustaría. En aquel momento me sorprendió mucho porque este jardín tiene una riqueza enorme de tonos verdes, texturas de hojas y simetrías verdes que nunca me hicieron echar en falta más colores. Recuerdo como, en un día lluvioso de invierno, paseaba por el jardín sorprendida por como la luz suave y la lluvia intensificaban la riqueza de tonos verdes – un efecto bien conocido en las zonas tropicales.

Hoy día el jardín tiene una colección de preciosas rosas, la mayoría en tonos sutiles, donación de Matilde Ferrer, la cultivadora de rosas más famosa de España (Viveros Francisco Ferrer, Valencia y Sevilla). Ella continúa la pasión paternal de hibridación de rosales. Así introdujo cuatro nuevas rosas en 2013, entre ellas la R. ‘Blasco Ibañez’ y la R. ‘George Moustaki’.

Continué mi paseo tomando un camino estrecho que conduce al umbráculo, una elaborada construcción metálica, eco del umbráculo del jardín botánico de Valencia. Está plantado con varias especies de palmeras, y en el centro hay una magnífica Howea forsteriana con su característico tronco brillante. Unos bancos invitan al visitante a sentarse y disfrutar de la rica plantación herbacea con Clivia miniata, Ophiopogon japonicus, Aspidistra elatior, y Dioon spinulosum. Recuerdo como durante un concierto de otoño hizo tanto sol que me fui al umbráculo después del intermedio disfrutando del concierto desde aquella agradable sombra. Cuando mi marido y yo nos trasladamos a la Costa Blanca, asistía una audiencia de aproximadamente doscientas personas a los conciertos. Ahora hay siempre más de quinientas personas disfrutando, no solo de la música sino también de la atmósfera única, sentadas debajo de los naranjos amargos. Después del concierto se ofrecen siempre unas cocas y bebidas al lado de la piscina debajo la villa.

Desde el umbráculo continué hacia el sonido refrescante de un saltado de agua – un sonido que conozco muy bien de Suiza – pasando por un estanque elegante barroco-italiano habitado por kois. El banco de piedra a su lado estaba semicubierto por Convolvulus sabatius y la placeta del estanque también se enmarcaba por las mismas flores azules. Nunca había visto tantas de estas flores aquí, resultado de un invierno y una primavera muy lluviosa después de cuatro años de sequía. Tomé el camino rodeado de tomillo (Thymus vulgaris) y de repente vi el agua cayendo de la pequeña montaña creada en el jardín, un mini-Montgó con el verdadero Montgó en el horizonte. Separando las dos ciudades costeras con Dénia al norte y Jávea al sur, esta montaña de 753 metros de altura es un lugar de especial interés botánico por su rica vegetación de más de 600 especies diferentes en sus laderas de roca cárstica-calcáreo. Entre ellos hay alrededor de 40 plantas que son plantas raras (como Teucrium flavum subsp. glaucum, Ruscus hipophyllum, Fraxinus ornus), o endemismos (como Carduncellus dianius, Dianthus broteri subsp. valentinus, Limonium rigualii), o en peligro de extincción en el Montgó (como Juniperus oxycedrus, Silene hifacensis, Saxifraga longiflora). En la enorme rocalla del Albarda se han plantado muchas especies del Montgó, incluyendo la Silene hifacensis. Todas las semillas han sido proporcionadas por la CIEF de la Generalitat valenciana. Un camino casi natural baja al estanque que se encuentra al pie del saltado de agua y, a cada lado se halla una rica flora autóctona con Santolina chamaecyparissus, Lavandula dentata, Pistacia lentiscus, Arbuto unedo, Lavatera maritima, Cistus albidus, Cistus monspeliensis, Cistus salvifolius y Cistus clusii, entre otros especies.

Dirigiéndome hacia la villa tomé la elegante avenida plantada con palmeras a cada lado: Syagrus romanzoffiana y Bismarckia nobilis, casi esculturas cuyas frondas grises forman un contraste bonito con las hojas verdes de los limoneros de detrás. El suelo está tapizado con fresas silvestres. Al final de esta avenida hay una preciosa pérgola octagonal cuyo suelo está esmaltado de azul y verde con un sofisticado diseño geométrico y entremezclado con estrellas azules de ocho puntas– un eco del Jardín de Majorelle en Marrakech. Esta pérgola está plantada con parras (Vitis vinifera) y rosas Paul’s Himalayan Musk, una encantadora rosa trepadora en rosa pálido que va a cubrir pronto toda la cúpula, y al pie de los pilares metálicos crece la Rosa ‘Mme Solvay’ en color rosa vivo. Continué pasando por los limoneros sicilianos de espaldera, la pérgola de Wisteria sinensis, pasando al lado de la piscina y junto a las gigantes columnas de cipreses, tomando las escaleras de subida para disfrutar de la impresionante vista desde la terraza central de la villa; al fondo a la izquierda el umbráculo, el verde refrescante de las hojas de los naranjos amargos dónde se celebran los conciertos, los setos de mirto elogiado por sus hojas perfumadas en tantas poesías de Al-Andalus, las columnas de cipreses, las dos Araucaria heterophylla árboles; a la derecha las rosas perfumadas en macetas valencianas pintadas a mano (entre ellas la Rosa ‘Charles de Gaulle’ en color de malva, y la Rosa ‘André Le Nôtre’ en color rosa pálido); y detrás la nueva sala para conciertos. Con forma semicircular de teatro antiguo se encuentra donde se extrajo el material para construir la enorme rocalla. Desde la terraza parece estar lejos la montaña de la rocalla, y más lejos aún se ve el verdadero Montgó, la montaña emblemática del norte de la Costa Blanca. El Jardín de l’Albarda con sus elementos renacentistas, barrocos y neo-clásicos tiene ahora una riquísima biodiversidad de aproximadamente 700 plantas diferentes.

Saliendo de l’Albarda pensé con gratitud en todo lo que aprendí en los cursos ofrecidos por Fundem y en cuanto este jardín me inspiró seleccionando plantas para nuestro pequeño jardín –mediterráneas y necesitando poca agua– que al final resultó un jardín que atrajo muchos pájaros (por fortuna tolerados por Tigre, nuestro gato), mariposas muy bonitas e innumerables abejas durante todo el año. Sin duda alguna el Jardín de l’Albarda ha inspirado e inspirará a mucha gente de alguna manera.

Texto y fotografías Edith Haeuser
Correcciones Pedro Moya

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